sábado, 9 de enero de 2010

Miscelánea ciudadana

Un viejo salón y un loro borracho,
una mandarina sobre la alacena,
café en la cocina, menta y hierbabuena,
se escucha en la calle silbar a un muchacho

En el puerto viejo suena una sirena,
rasca su voz ronca, ríe una gaviota,
un besugo asoma con cara de idiota,
sardinas y arenques se van de verbena.

Un sioux saluda a la sexta flota,
se acerca un casorio, van en limusina,
aunque muy moderno huele a naftalina,
reunión de pingüinos, rey, caballo y sota.

Un bazar que vende pañuelos de china,
da vueltas la piedra que afila cuchillos,
habitan los parque madres y chiquillos
no esperan visita del hada madrina.

Peinan, fluorescentes, hachas y rastrillos,
la primera piedra para el barrio nuevo,
de las tres en raya una me la llevo,
subido a una torre vuelo molinillos.

Dinero. A Michael Moore, cineasta utópico.

El oro, que en monedas se reparte,
acaba por mediar mano tras mano,
rasgando con tesón de cirujano
la escasa comprensión, de parte a parte.

El lujo de comprar miseria y arte
invita en su tormenta de verano
a turbias ambiciones de villano
que acusan mucha sed en un descarte.

Indica cada paso en sus señales,
obliga y obsesiona su presencia,
fascina con su ráfagas letales.

Lamentan los escuálidos su ausencia,
oscuras son sus sendas virtuales,
usura fermentada sin conciencia.